14-7-2011
POR FAREED ZAKARIA THE WASHINGTON POST WRITERS GROUP COMMENTS@FAREEDZAKARIA.COM
Cada pocos meses, los comentaristas encuentran una nueva estrategia que anima a Barack Obama. Primero, fue el candidato antiguerra, porque su ascenso en las primarias demócratas tuvo mucho que ver con su temprana y constante oposición a la guerra de Irak. Pero aun algunos de derecha, incluyendo a Robert Kagan, señalaron que era intervencionista en otros asuntos, como Afganistán. Algunos criticaron su multilateralismo, señalando sus ofertas de participación a todos los interesados, de Irán a Rusia y China. Más recientemente, viendo su vigorosa divulgación hacia los países asiáticos amenazados por China, el académico Daniel Drezner llegó a la conclusión de que la nueva estrategia era una de «contragolpe».
Entonces, ¿qué es la doctrina Obama?
De hecho, la búsqueda en sí misma es desacertada. El enfoque doctrinal para la política exterior ya no tiene mucho sentido. Todas las políticas doctrinarias estadounidenses del exterior, salvo una, fueron formuladas durante la guerra fría, para un mundo bipolar, cuando la política estadounidense hacia un país -la Unión Soviética- dominaba la estrategia de todo Estados Unidos y fue el aspecto determinante de los asuntos mundiales. (La doctrina de Monroe es la excepción). Hoy día vivimos en un mundo multipolar en el cual no hay una articulación central sobre la cual se basa toda la política exterior de EEUU. La formulación de políticas parece más variada e inconsistente, dado que las regiones requieren enfoques que no se aplican necesariamente en otros lugares.
Obama tiene, sin embargo, una visión del mundo, un enfoque bien considerado de los asuntos internacionales. Sus puntos de vista han sido sencillos, directos y coherentes. Desde los primeros días de su campaña presidencial, dijo que considera al argumento básico de la política exterior de Estados Unidos como «entre la ideología y el realismo» y se colocó de lleno en un lado. En una entrevista con David Brooks en mayo de 2008 expresó: «Tengo enorme simpatía por la política exterior de George H.W. Bush». En ese mismo año, durante una entrevista que le efectué trabajando para CNN, reiteró esa admiración, pero también elogió a Harry Truman, Dean Acheson y George Kennan por su inflexible internacionalismo. Más tarde, en abril de 2010, Rahm Emanuel, jefe de la Casa Blanca, expresó al diario The New York Times: «Si hubiera que colocarlo en una categoría, pienso que probablemente sea más «realpolitik» al igual que Bush 41″ (George H.W. Bush, presidente número 41 de EEUU).
Los comentaristas han hecho mucho de la respuesta de Obama a la primavera árabe, especialmente el discurso del 19 de mayo en el cual expuso una amplia política sobre el apoyo estadounidense a la democracia en la región. Todos los presidentes estadounidenses han apoyado y deben apoyar la difusión de la democracia. La verdadera pregunta es: ¿Debería ese apoyo involucrar medidas activas para derrocar a los regímenes no democráticos, especialmente fuerza militar? En este punto, detrás de la retórica puedes ver un pragmatismo trabajando nuevamente. Después de haber sido tomados por sorpresa por acontecimientos en Túnez y Egipto -como casi todos lo fuimos, incluyendo los líderes de esos países- el gobierno de Obama se dio cuenta de que las protestas en Egipto iban a tener éxito y se allanó a lo inevitable. A Ronald Reagan le llevó dos años cambiar su punto de vista sobre Ferdinand Marcos. A Obama le llevó dos semanas instar a Hosni Mubarak a renunciar.
La crítica de moda es que Obama no tiene una política consistente con respecto a la primavera árabe. ¿Pero tendría que hacerlo?
Existen grandes diferencias entre las circunstancias en Túnez, Egipto, Libia, Siria y Arabia Saudita, y nuestra capacidad para influir en los acontecimientos de esos países. Tomemos el caso en el cual los intereses y valores estadounidenses colisionan de forma rigurosa: Arabia Saudita. Si la administración empezara a pedir a gritos un cambio de régimen en Riad, y si alentara protestas a gran escala (y por tanto inestabilidad) en el reino, el precio del petróleo se dispararía. Estados Unidos y gran parte del mundo desarrollado seguramente caería en una segunda recesión. Mientras tanto, el régimen saudí, que tiene legitimidad, poder y un montón de dinero que está gastando, probablemente resistiría – pero sería enfureciendo a Washington. ¿Qué lograría exactamente una política más «coherente» del Medio Oriente?
En Libia, el gobierno enfrentó una posible crisis humanitaria en la que la oposición interna de Muammar Gadafi, la Liga Árabe, las Naciones Unidas y los principales aliados europeos exhortaron a la acción internacional. Si bien encontró una manera de participar en una intervención multilateral, ha sido sancionado por mantener su participación limitada. Siria es diferente, con un régimen más firme y brutalmente controlado. Y mientras deseo que el presidente Obama exprese su preferencia por la renuncia del presidente Basharal- Assad, vale la pena destacar que los mismos críticos que quieren que Obama diga esto, también lo critican por haber pedido la expulsión de Gadafi, cuando no tiene los medios para hacer que eso suceda. O tal vez quieren que intervengamos en Siria también, lo que extendería la guerra por un plazo total de cuatro años.
En todos estos casos, lo que marca la política del gobierno es un cuidadoso cálculo de los costos y beneficios. La gran tentación de la actual política estadounidense, desde Versalles a Vietnam e Iraq, ha sido la de hacer grandes declaraciones -enunciar las doctrinas- que luego producen enormes compromisos y costos.
Estamos saliendo de una década de retórica e intervenciones, y todavía estamos pagando el precio: más de 1,3 trillones de dólares asignados por el Congreso hasta el momento, por no mencionar el enorme costo en vidas humanas. En este contexto, una política exterior que enfatice en la moderación estratégica es adecuada y sabia.
No hay ”doctrina Obama”
14/Jul/2011
El Observador, Fareed Zakaria